Empleados del Grupo Puerto de Cartagena lideran hoy solidario voluntariado en barrios cercanos para dignificar comunidades mediante Sonriendo Juntos
Para Dirley Motta, Coordinadora de Desarrollo Empresarial del Puerto de Cartagena, el verdadero éxito de su semana no siempre se mide en indicadores de gestión o reuniones corporativas completadas. Para ella, la satisfacción más genuina ocurre a menudo los sábados, lejos del aire acondicionado de las oficinas, cuando cambia su rol ejecutivo por el chaleco de voluntaria. “No es solo donar, es donarme yo misma, ir y participar”, confiesa con una emoción palpable en la voz.
Dirley es una de las muchas colaboradoras que han encontrado en el programa de responsabilidad social de su empresa una forma de trascender lo laboral para tocar lo humano.
Su historia refleja el alma del Grupo Puerto de Cartagena. Allí, la maquinaria logística convive con una maquinaria humana impulsada por la empatía. Dirley recuerda con especial cariño las jornadas en las que el acto de entregar deja de ser un trámite para convertirse en una conexión real.
“Es una gratificación ver la cara de quien recibe”, asegura, destacando que el voluntariado no es una obligación contractual, sino una respuesta espontánea de quienes entienden que el puerto no es una isla, sino un vecino más dentro de una comunidad vibrante y necesitada.
Este espíritu se canaliza a través de “Sonriendo Juntos”, una estrategia que, como su nombre lo indica, busca un retorno de inversión muy particular: la felicidad compartida.
Elena Salas, del equipo de Capacitación y Desarrollo de Gestión Humana del Puerto, explica que la fundación ha logrado crear un ecosistema donde el empleado y su familia son protagonistas.
“Buscamos que los colaboradores estén involucrados en todas esas actividades que realiza la fundación con las comunidades, con los niños, con los jóvenes”, señala Salas. El objetivo final es ambicioso pero noble: consolidarse como un Puerto Feliz, donde el bienestar interno se irradia hacia afuera.
Un puente tejido con confianza y dignidad
La filosofía del programa rompe con el asistencialismo tradicional. No se trata de llegar, dejar una caja y marcharse.
Heidi Mendivelso, Líder de Proyectos Sociales de la Fundación, enfatiza que el valor real radica en el mensaje implícito que lleva cada voluntario. “Para las comunidades es un apoyo súper importante”, dice. “Cuando ellos ven que desde el ‘otro lado’ hay personas preocupadas por su bienestar, eso resulta valioso”.
Es en ese encuentro cara a cara donde se derriban los prejuicios y se construye la confianza, demostrando a los habitantes de los barrios circundantes que ‘importan’ para la organización.
Una de las modalidades más innovadoras que ha implementado el programa es el “Trueque de Sonrisas”. Bajo este modelo, la ayuda se transforma en un intercambio simbólico que dignifica a ambas partes. Dependiendo de la época del año, los empleados se movilizan para recolectar lo que la comunidad necesita: útiles escolares en enero, ropa a mitad de año o juguetes en diciembre. Sin embargo, la entrega se hace con un cuidado meticuloso por la dignidad de las personas.
Dirley relata con orgullo cómo transformaron una reciente donación de ropa en una experiencia de “boutique”. En lugar de entregar bolsas cerradas indiscriminadamente, los voluntarios organizaron las prendas en excelente estado, clasificándolas y exhibiéndolas.
“Todo se organizó tipo almacén y ellos entraban y canjeaban sus bonos”, cuenta Heidi Mendivelso. Las personas podían elegir, probarse y llevarse lo que realmente les gustaba y necesitaban, convirtiendo la caridad en un acto de respeto y autonomía.
De la manualidad al emprendimiento
El impacto de “Sonriendo Juntos” también se mide en capacidades instaladas. El voluntariado de transferencia de conocimientos ha permitido que los talentos de los empleados germinen en las manos de la comunidad. Un ejemplo conmovedor fue el taller de bisutería, donde una colaboradora experta en hacer vinchas y accesorios dedicó su tiempo a enseñar a 30 mujeres del barrio.
“Fue muy linda la experiencia””, recuerda Heidi. “Las señoras nos decían: ‘Seño, pero nos trajeron los materiales, nos enseñaron’”. Lo que comenzó como una clase de manualidades, trascendió a la esfera económica.
Gracias a esas jornadas de capacitación, que incluyeron pautas sobre ventas, varias de esas mujeres lograron montar pequeños emprendimientos, vendiendo sus productos dentro de la misma comunidad y generando ingresos para sus hogares.
La educación es otro pilar fundamental donde el voluntariado cobra vida. Al inicio del año escolar, la dinámica se vuelve personal y conmovedora. Los niños de los barrios escriben cartas contando quiénes son y qué necesitan.
Estas cartas llegan a manos de los empleados, quienes apadrinan esas solicitudes. La entrega de los kits escolares se convierte así en el cumplimiento de una promesa, donde el niño sabe que alguien al otro lado leyó su historia y respondió a ella.
Tecnología y futuro compartido
El programa no se detiene en lo básico; también mira hacia el futuro. A través de la iniciativa “Escuela Inteligente”, el voluntariado ha escalado a niveles técnicos. Aprovechando los perfiles profesionales de alto nivel que existen en el Puerto, se han generado espacios donde expertos en tecnología comparten sus saberes.
Elena y Heidi destacan cómo se ha logrado conectar a personas que están realizando maestrías en impresión 3D o robótica con los jóvenes de las escuelas locales. “Tenemos a una persona que está haciendo una maestría en impresión 3D, él nos está orientando qué impresora comprar, cómo manejarla y detalles técnicos especializados”, explican.
Este tipo de voluntariado cualificado abre ventanas de oportunidad que difícilmente se abrirían de otra manera para estos jóvenes, acercándolos a la ciencia y la tecnología de la mano de mentores reales.
La respuesta de los trabajadores del puerto ha sido, en palabras de las coordinadoras, abrumadora, porque también se busca que el programa impacte en la sonrisa de ellos. “Levantan la mano, literalmente preguntan: ‘¿Cuándo vamos a la comunidad? ¿Qué vamos a hacer?’”, afirma Elena Salas.
Existe una cultura arraigada de servicio que se contagia en los pasillos de la empresa. Incluso los nuevos ingresos se ven rápidamente inmersos en esta dinámica de solidaridad, entendiendo que ser parte del puerto implica también ser parte de la solución a los retos sociales de Cartagena.
Al final del día, “Sonriendo Juntos” demuestra que el recurso más valioso que tiene el Puerto de Cartagena es su gente. Historias como la de la madre que encontró ropa para su hijo con dignidad, o la del joven que aprendió a hacer una hoja de vida gracias a un voluntario, son la prueba fehaciente de un cambio social.
Como bien lo resume Dirley Motta al hablar de la reacción de una madre beneficiaria: “Cuando encuentras en el otro lo que resulta realmente significativo, es ahí donde la verdadera conexión humana sucede.”


